23 junio, 2010

Contraluces (Reseña)

Para los que quieren conocer un poco mejor el Perú, para los que quieren internarse en las entrañas de lo que los hombres y mujeres alejados del bullicio de las grandes ciudades sienten, Leoncio Robles (Huaraz, Perú) nos retrata con una prosa precisa personajes que se asemejan a nosotros, animales del asfalto, más de lo que creemos. Porque el gran acierto de este libro es acercarnos a personas que están tan lejos de nosotros físicamente pero muy cerca de nosotros en materia de sueños, “padeceres” y vivencias.
Los catorce cuentos que nos presenta Leoncio Robles le han ido llegando poco a poco manifestándose ante el autor que ha ido trabajándolos con esmero de orfebre, poniendo en cada uno de ellos las palabras exactas que mantienen en equilibrio unos sentimientos y unas emociones que están al servicio de cada historia.
Historias estas que nos salen al encuentro para arrancarnos una sonrisa o una lágrima o un reproche. Son los personajes de “Contraluces” (Baile del Sol, 2009) seres hechos de soledad, de ecos de un pasado irremediablemente lejano, obsesionados con sus quehaceres o con sus maneras de ver el mundo, seres de ficción tan humanos que terminan por mirarnos a los ojos para decirnos que también nosotros formamos parte del elenco de estos cuentos.
No debemos perder de vista nada de estas historias. Forma parte fundamental de ellos el paisaje peruano que se despliega ante nosotros. La construcción de las escenas, la posición de los personajes, nos hacen pensar que Leoncio Robles escribe en “modo foto”, colocando narrativamente a cada personaje en su circunstancia para que la historia fluya y nos afecte. Otro aspecto a señalar en esta línea es el lenguaje de los personajes que se comunica con un sabroso deje peruano, con los giros del idioma que nos proponen otras maneras enriquecedoras de llamar a las cosas en este universo tan fascinante que es el español.
Quiero señalar, por la emoción que comunican y por la precisión técnica de los mismos, tres de estos cuentos: Castillo, Josefina y Torero.

Castillo es el retrato interior de un rudo “latin lover” que pretende enseñar a un jovencito como hay tratar y sentir a las mujeres. Un relato entrañable de lo que de verdad va por dentro de las emociones de muchos hombres que sólo muestran una fachada y cómo esos sentimientos se van pasando de generación en generación. No se lo pierdan.
En Josefina se experimenta con la obsesión de los que escriben. Una joven peluquera escribe poemas sin parar y hasta aquí les puedo leer. Con estas dos vertientes de la existencia Leoncio Robles traza un finísimo retrato de la creación literaria por el mero placer de crear. Pasen y lean.
Pero el que más despierta en mi ternura, porque al personaje lo conozco, con otro nombre, con otra historia que contar pero con el mismo aura del pasado que se recuerda es Torero, una hermosa anécdota de juventud que pinta la memoria de un hombre que recuerda lo que fue, o lo que quiso ser. Una joya por su brevedad y precisión para levantar tanta belleza en unas pocas líneas.
Al final de la lectura, no la lean antes, tenemos una nota del autor en la que nos revela el origen de los cuentos. Lo valioso de la nota es que nos permite contrastar nuestras propias sensaciones con el origen de los mismos y nos revela el buen hacer del autor que ha transformado retales de la vida en profundas ficciones.
“Contraluces”, como su propio nombre indica, ha de leerse viendo a estos personajes que se encuentran en el lugar opuesto a la luz, en una penumbra que atrae a la soledad y a la nostalgia. Cuentos que sin duda nos hacen esperar la próxima entrega de este autor que haremos bien en conocer.

No hay comentarios: