27 junio, 2009

Por los senderos con... Manuel García Rubio

La novela de Manuel García Rubio “Sal” sigue enganchando lectores y sigue cosechando éxitos a pesar de llevar muchos meses en la librerías. No se trata de una novela pasajera. “Sal” una novela de estructura arriesgada y rebosante de buena literatura ha venido para quedarse con los lectores.
Entrevistamos a su autor en diferido y, aunque en Panamá por ejemplo “estar salado o “tener sal” es de mala suerte, en el planeta Literatura, “Sal” es una novela, no con suerte, sino con un gran autor detrás de ella.


1. Cómo llegó hasta “la sal” para su novela, es decir, hasta la idea de la metáfora.

La sal es una materia delicuescente, es decir, tiene la cualidad de absorber la humedad ambiente y de disolverse en ella. Si la sal no se protege, acaba diluyéndose, convirtiéndose en agua. Es, por tanto, una materia suicida. De aquí que, de forma recurrente, la delicuescencia aparezca como metáfora de descomposición con relación a determinados momentos históricos de decadencia social. Creo, sinceramente, que nos encontramos bajo la amenaza de la “licuefacción” del individuo, que bebe con indolencia de todo lo que lo rodea y corre el riesgo de desaparecer como protagonista de su propia vida, diluido en el tráfago de cuanto está a su rededor. De hecho, el capitalismo consumista y rampante lo ha convertido en un objeto de consumo más. Cada vez más, somos individuos – escaparate. Observemos, por ejemplo, esa manía generalizada de tatuarse el cuerpo, como si éste no fuera suficientemente expresivo y necesitara de rótulos que den pistas a los demás acerca de quienes somos y lo que estaríamos dispuestos a aceptar.

2. Parece una obviedad pero ¿qué le debe “Sal” al cine y por qué?

En “Sal”, el cine está presente en cada página, tanto por las referencias constantes a películas de toda condición como por el recurso, en ocasiones, a la técnica del guión cinematográfico para contar las distintas historias que se cruzan en el texto. “Sal” es una novela moderna, y por eso no puede prescindir de la iconografía audiovisual, que es, en buena medida, responsable de casi todos los lugares comunes de nuestro pensamiento global y casi único. Nuestra cultura es libresca pero, más aún, cinematográfica.

3. ¿Qué opinión le merecen los talleres literarios? Urbano asiste a uno.

En “Sal” hay juegos de distinta naturaleza, incluidos, por supuesto, los metaliterarios. El diálogo que se establece entre los lenguajes novelesco y cinematográfico se sustancia en el ámbito del taller literario al que asiste Urbano, el protagonista. Se trata de un encuentro de lenguajes con resultados muy curiosos y creativos, que ponen en cuestión las fronteras entre los mismos. Por otra parte, el personaje de Simondebovuá, la directora del taller, ha funcionado como alter ego del autor, de modo que las discusiones que mantiene con Urbano son, en realidad, broncas que yo mantengo conmigo mismo.

En todo caso, creo en la importancia cada vez mayor de que los ciudadanos conozcan la técnica de relato de ficción, en la medida en la que el Poder tiende a colar sus mentiras por ese medio. Sobre este asunto escribí una apostilla que puede leerse en mi blog, y que viene a concluir que todas las mentiras son de novela y que, por eso mismo, es bueno que todos conozcamos los entresijos del género.

4. “Tiempos líquidos” ¿Qué opinión le merece Zygmunt Bauman?

Creo que Bauman es uno de los pensadores sobre la modernidad más interesantes. Para mí, su consideración de las sociedades opulentas como mundo líquido, basado en relaciones débiles y cambiantes, es muy acertada. Sin duda, Bauman es tributario de otros filósofos imprescindibles del pasado más o menos inmediato, como Marx, Fromm y Marcuse. A mí me ha ayudado a entender muchos de los comportamientos habituales de las personas que me rodean, incluido yo mismo.

5. El alegato contra la industria del cine español y que menciona a Pedro Almodóvar ¿lo suscribe usted o es sólo la opinión de Urbano?

Evidentemente, son opiniones de Urbano, que el personaje suelta con un resentimiento difícilmente ocultable. Yo, por ejemplo, soy un admirador incondicional de Pedro Almodóvar, a diferencia del bueno de Urbano. Sin embargo, en esas opiniones del protagonista hay una buena parte de verdad. La industria española del cine es demasiado pequeña y dependiente de las televisiones privadas, pero la culpa no debe recaer en exclusiva en la gente del mundo del cine. Al contrario, el problema es de todos y ha sido generado por una serie de políticas oportunistas, que llegan, incluso, a nivel municipal. Así, nuestras películas carecen de canales apropiados de distribución porque los ayuntamientos han regalado a las multinacionales americanas, en exclusiva, las pistas de aterrizaje que necesitaban para acabar de colonizarnos; me refiero a las multisalas en áreas comerciales de expansión. El enemigo está dentro, por tanto. O apostamos por la excepcionalidad cultural, o acabaremos reescribiendo el himno nacional a ritmo de hip hop.

6. Urbano (o sea él), ¿a que personaje del cine lo equipararía usted?

Urbano tiene su propia personalidad. Es un individuo que, aunque frisa los cuarenta, tiene un punto de madurez e ingenuidad que tal vez lo aproxime a Peter Pan (personaje literario antes que cinematográfico). Por su relación con la señora Gladstone, una mujer mayor que él y muy atractiva, también tiene algo del Benjamin Braddock de “El graduado”. De hecho, hay en este punto un cierto guiño cinéfilo que, hasta la fecha, sólo ha sido detectado por una lectora muy fina, que yo sepa. No lo desvelaré aquí, pero sí invito al lector a jugar a descubrirlo.

7. ¿Cómo llegó usted a la estructura tan arriesgada para la narración de “Sal”? ¿No le pareció arriesgado dejarlo todo para el final?

“Sal” es una novela que pretende ser total. Utiliza materiales diversos y juega con ellos intentando imponer su propia lógica. En esta lógica está el hecho de que la novela crece en la misma medida en la que crece el protagonista. Urbano quiere construirse a sí mismo como personaje, y para ello necesita un relato de su propia vida, una autobiografía, hasta ese momento terriblemente chata. Su torpeza como narrador es, también, la evidencia de que carece de esa historia. De aquí que los primeros capítulos no sean más que una sucesión de episodios sin ligazón. Sólo cuando se hunde en una aventura poderosa, como es la que inicia con la señora Gladstone, el relato empieza a tener consistencia, todo lo vivido adquiere explicación y el final da sentido a todo lo que precedió, invitando a una nueva relectura de los primeros sucesos. De esta forma, por ejemplo, se comprenderá la importancia de la primera cita cinematográfica, en la primera página, que es, en realidad, la esencia de la novela.

Al fin y al cabo, nuestras vidas se encuentran ante la misma disyuntiva: o tienen una armazón biográfica que se explica a sí misma como relato de la construcción del yo, o no son más que una colección de anécdotas más o menos aburridas, desde el nacimiento hasta la muerte, sin demasiado sentido. Es verdad que hay aquí una apuesta de riesgo, que me la jugué a base de recurrir a un estilo ameno y divertido, que permite transitar por las primeras páginas de la novela sin añorar ninguna intriga, confiando en los múltiples juegos y reflexiones que el texto plantea, prácticamente en cada página. Creo que el resultado ha sido positivo, a juzgar por los elogios prácticamente unánimes de la crítica y por la extraordinaria acogida del público, que sigue comprando la novela a pesar de que ya lleva cerca de ocho meses en las librerías.

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